domingo, 5 de octubre de 2014

Si yo, tú


Si yo, tú



Si yo, tú. 
Si caes, yo contigo 
y nos levantaremos juntos 
en esto unidos. 

Si me pierdo... encuéntrame. 
Si te pierdes... yo contigo 
y juntos leeremos en las estrellas 
cual es nuestro camino. 
Y si no existe... lo inventaremos. 

Si la distancia es el olvido 
haré puentes con tus abrazos 
pues lo que tú y yo hemos vivido 
no son cadenas… 
ni siquiera lazos: 
es el sueño de cualquier amigo 
es pintar un te quiero a trazos 
y secarlo en nuestro regazo. 

Si yo...tú. 
Si dudo, me empujas 
Si dudas, te entiendo 
Si callo, escucha mi mirada 
Si callas, leeré tus gestos. 

Si me necesitas... silba 
y construiré una escalera 
hecha de tus últimos besos, 
para robar a la luna una estrella 
y ponerla en tu mesilla 
para que te de luz. 

Si yo... tú. 
Si tú... yo también. 
Si lloro, ríeme. 
Si ríes, llorare 
pues somos el equilibrio, 
dos mitades que forman un sueño. 

Si yo... tú. 
Si tú... conmigo. 
Y si te arrodillas 
haré que el mundo sea más bajo, 
a tu medida, 
pues a veces para seguir creciendo 
hay que agacharse. 

Si me dejas, mantendré viva la llama 
hasta que regreses, 
y sin preguntas, seguiremos caminando. 
Y sin condiciones te seguiré perdonando. 
Si te duermes, seguiremos soñando, 
que el tiempo no ha pasado 
que el reloj se ha parado. 

Y si alguna vez la risa 
se te vuelve dura, 
se te secan las lágrimas 
y la ternura, 
estaré a tu lado, 
pues siempre te he querido, 
pues siempre te he cuidado. 

Pero jamás te cures de quererme, 
pues el amor es como Don Quijote: 
solo recobra la cordura 
para morir. 
Quiéreme en mi locura, 
pues mi camisa de fuerza eres tú, 
y eso me calma, 
y eso me cura… 

Si yo... tú. 
Si tú, yo. 
Sin ti, nada.

Sin mí, si quieres... prueba.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Camino

CAMINO


















Este es un pequeño homenaje a una amiguita de toda la vida, falleció en este fin de año y nos deja un vacío imposible de llenar. Que dios te reciba en sus brazos y gracias Nancy por lo que nos dejas en el corazón...

Cuando me marche sin camino
Platicaremos en el silencio
Y en ese tiempo sin tiempo
Rezaras mi perfil en el sudario

Cuando me marche sin camino
Bébeme en tu recuerdo
Que sea el refugio de mi existencia
Donde aun sonreiré en tu memoria

Cuando me marche sin camino
Te amare intensamente
En ese fugaz instante
Llorare y viviré cuando me mires
Con los sentimientos
Que no mueven la carne

Tal vez te arranque
Un suspiro, una lágrima
Y en el postrer adiós ya sea parte de ti

Cuando me marche sin camino
Susúrrame al viento
Sonríeme en la naturaleza
Y abrázame en la tierra

Cuando me marche sin camino
Mi madre cubrirá mi cuerpo
Y tu adiós animara una lágrima
Que no pudiste ver

Pero a pesar de todo…

Cuando me evoques estaré contigo
Reiré y llorare contigo
Te hablare y cantare
Y al final moriré también

Cuando me marche sin camino
Mi camino no llegara a ningún lado
Y me llevara a todos
Para gravitar siempre en el éter                                                                                       
De una evocación

jueves, 27 de febrero de 2014

AZUL

Azul



Azul de tu eterna sonrisa
Corona el azul de tu recuerdo
Azul de tu figura grácil, exquisita
En el azul profundo en el que muero



Azul del cielo que te cubre
Respirando el azul de tu esencia
Azul del futuro que en la ubre
En el azul sazona tu existencia




Azul del tiempo que ha pasado
Cuando gozaba en azul de tu presencia
Azul del dolor que con tu ausencia
Tu imagen azul me ha causado




Y en el azul de un beso reprimido
El azul de mis labios acallados
Lloraran el azul de tus labios...encendidos



Así en azul, tu azul será oración
Donde en azul mi alma orará
El sentimiento azul del corazón

domingo, 2 de febrero de 2014

La carta del último viaje: Cristina Pacheco




La carta del último viaje: Cristina Pacheco a José Emilio Pacheco
Mar de Historias (Cristina Pacheco)
Para suplir nuestras interminables conversaciones, siempre que te ibas de viaje nos llamábamos y nos escribíamos cartas. Las hojas de papel nunca bastaban para que nos dijéramos lo que nos sucedía, a ti en un ambiente nuevo y a mí en el que conoces de sobra porque lo hicimos juntos. Por más cuidadosos que fuéramos siempre se nos olvidaba registrar algo.

Para evitar esos huecos se te ocurrió que lleváramos cada uno un diario a partir de nuestra despedida en el aeropuerto o en la estación. Ese registro siempre me ha hecho imaginar que no te has ido, por eso de una vez comienzo mis anotaciones en este cuadernito y no en una libreta, como siempre.

Los arreglos para tu viaje fueron muy complicados. Decidir qué ibas a meter en la maleta nos tomó horas, aunque mucho menos que ordenar en fólders los textos que pensabas corregir una vez más. No dispuse de un minuto libre para ir a la papelería, así que estoy usando el cuadernito que nos mandó Almudena Grandes: El lector de Julio Verne.

Me encanta, porque tiene aspecto de útil escolar, lástima que sea tan delgado. Mañana compraré una libreta gruesa (donde copiaré lo que escriba hoy) y luego otra y otra, porque tu viaje esta vez será muy largo. Por favor, tú también escribe el diario, pero no en papelitos sueltos, sin fecha, que luego tengo que ordenar como si fueran partes de un rompecabezas.

II

Parto de lo que vivimos apenas esta mañana. Por tomarnos un último café, se nos hizo tarde para ir a la estación. Pese a ser domingo, nos topamos con cuatro manifestaciones y un tráfico endemoniado. Estuvo en peligro tu mayor orgullo: jamás haber perdido un avión o un tren. Para colmo surgió otro inconveniente: todos los estacionamientos llenos. Coincidimos en que te fueras caminando a la estación para registrarte mientras yo me estacionaba. Tardé mucho en lograrlo. Cuando bajé del coche me di cuenta de que habías olvidado tu bufanda. La tomé y corrí tan rápido como me lo permitieron los zapatos de tacón alto.

Si me hubiera puesto botas quizás habría llegado a la estación antes de que te pasaran al área destinada a los viajeros. Intenté convencer a un guardia de que me permitiera pasar hasta allí para entregarte tu bufanda. Se negó. Le supliqué y hasta lo hice partícipe de tu vida (cosa que detestas), explicándole que te ibas a una ciudad que estaba a 40 bajo cero. Se estremeció como si fuera él quien iba a padecer un clima tan adverso.

Me da vergüenza confesártelo, pero odié a ese hombre sólo porque cumplía con su deber. Traté de ablandarlo llamándolo oficial, pero fue inútil. Me resigné a renunciar a nuestra despedida y al invariable intercambio de recomendaciones y promesas: Júrame que no te quedas triste. Procura dormir en el camino.Cierra muy bien la puerta. Te llamo en cuanto llegue.

Debo haber tenido una cara terrible, porque el guardia al fin me permitió pasar. Entré en el andén en el momento en que subías la escalerilla con la cabeza vuelta hacia la entrada. Sé que me viste, oí que me gritaste algo que no alcancé a entender. Supongo que repetías la promesa habitual: Te llamo en cuanto llegue.

Sentí desesperación, necesidad de abrigarte el cuello y corrí pegada a las vías, pero no alcancé el tren y mucho menos a la altura del vagón en que ibas. Te imaginé quitándote el abrigo y metiendo al maletero la mochila con el libro que quisiste llevarte, los fólders, una colección de bolígrafos bic de punto grueso y al fondo de todo la Mont Blanc de la edición Schiller que te regalé para tu cumpleaños.

Te fascinó desde que la viste anunciada en una revista y decidí comprártela en secreto. De otro modo me lo habrías prohibido, bajo el argumento de que: es demasiado cara. No gastes en mí. Por hacerte un obsequio recibí otro maravilloso: tu expresión de felicidad cuando probaste la pluma en una servilleta de papel.

Mejor no recordar tanto. Vuelvo a lo de esta mañana. Cuando el tren desapareció en la curva me eché tu bufanda sobre los hombros. Sentí la misma tranquilidad que cuando estás de viaje y me pongo tus calcetines o tu suéter que siempre huele a esa loción barata que prefieres.

III

Al salir de la estación no pude recordar en dónde había estacionado el coche. Durante el tiempo que caminé para encontrarlo se me olvidó que te habías ido y llamé a la casa para decírtelo. Claro que no obtuve respuesta. Imaginé los cuartos vacíos, silenciosos y sentí apremio de llenarlos con el rumor de mis pasos. A pesar de mi urgencia me detuve en una librería. Recorrí todos los pasillos, miré cada anaquel, me asomé a las mesas de novedades.

Mi comportamiento despertó las sospechas de los empleados y de una mujer-policía multicolor: cabello granate, párpados azules, mejillas cobrizas, labios fucsia y uñas verdes. Adiviné sus dudas para elegir esa paleta y el tiempo que le habría tomado maquillarse. Acabé por admirarla y le sonreí, pero ella siguió observándome desconfiada, lista para actuar en caso necesario.

La situación habría sido menos incómoda si le hubiera dicho a la mujer-policía que si iba de un lado a otro se debía a que estaba haciendo comparaciones entre los libros para llevarme el más grueso, el que me aloje y me acompañe durante el primer techo de tu ausencia. Después de consultar índices y hacer sumas me decidí por Los Thibault. Sus seis tomos alcanzan mil 830 páginas con letra pequeña. Tomando en cuenta que mi trabajo me deja poco tiempo libre, calculo que leer esta novela me tomará muchos meses, aunque menos de los que tardarás en regresar.

Si estuvieras aquí y te mostrara mi primera compra desde que te fuiste dirías: Este libro lo tenemos. ¿Para qué trajiste otro? Pues para no ver tus anotaciones en los márgenes, las marcas que dejaste, la ceniza de tu cigarro que cayó entre las hojas. En las circunstancias actuales, encontrarme con esas huellas me lastimaría.

IV

En cuanto abrí la puerta te grité el saludo de siempre, ya sabes cuál. Subí a tu cuarto rápido, como si estuvieras esperándome. No estabas, pero encontré la ropa que dejaste tirada, el encendedor que diste por perdido y la cachucha con que te protegías de la luz artificial para ahorrar vista, según tus propias palabras.

Luego hice lo de siempre al mediodía: bajé a la cocina para hacer café. Aunque no lo creas resulta muy difícil y requiere de cierto valor preparar una sola porción de lo que sea cuando siempre has hecho dos. Con la taza en la mano salí al patio y puse a funcionar la fuente para que subiera el rumor del agua que te recuerda el mar.

Ya casi llené el cuadernito de Almudena. Le pondré la fecha de hoy: 26 de enero. Mañana escribiré en la primera libreta de las muchas que tendré que llenar contándote mi vida hasta el día en que vuelvas. Ya sé que esta vez no será pronto. En cierta forma es mejor: me darás tiempo de cumplir con todos tus encargos, entre ellos encontrar la pluma negra con la que tenías mejor letra. Esto me recuerda otro de mis pendientes: descifrar lo que escribiste en hojas sueltas las noches anteriores a tu viaje.

Hice una pausa. Me levanté del escritorio porque reapareció frente a tu ventana el colibrí que tanto te gustaba. Si él regresó, es imposible que no regreses tú.

Dos

Si fuimos dos en el silencio de la noche Tu cuerpo desnudo provocando al mío, el canto de la oscuridad adornando y alabando nuestra ...